miércoles, 5 de septiembre de 2012

Una noche de cinco copas…y la pesadilla "legal"


 
Crónica de una injusticia anunciada

 

Una noche  de cinco copas…y  la

pesadilla “legal” del alcoholímetro

 

Bajada

 

Toda una serie de corrupciones van de la

mano del programa del gobierno del D.F,

para sancionar a los conductores que se

transforma al paso de las horas en  una

cadena  de violaciones  a los derechos

humanos.

 

Créditos

Por Erick  Moreno Monter

 

Como todos los viernes – o al menos la mayoría- al salir de las ocupaciones de cada quién, muchos jóvenes se dirigen a los muy diversos centros de recreación (léase: bares, cantinas, centros nocturnos en general…) para liberarse de las tensiones que la semana les ha traído. Las bebidas alcohólicas tienden a ser el pegamento que mantiene unida la estructura social durante los fines de semana.

Aquél viernes, para conmemorar una fecha especial, y con una resaca terrible consecuencia de un compromiso del día anterior; pareció lo más natural tomar algunas copas con la firme intención de salir a toda prisa, en cuanto las manecillas del reloj marcaran las 11:00 p.m., a descansar ahora sí como lo hacen los niños.

Una a una se acumularon  las copas que se cruzaron por el camino, para dar  un gran total de cinco. De esas que se sirven en un vaso desechable que normalmente se destinan para la vendimia de gelatinas y flanes. De tamaño modesto como dijeran algunos. Se cumplió el plazo y a la hora previamente decidida, había que volver a casa para soñar, como habíamos dicho.

La avenida de los Insurgentes se presentó como la opción más viable para sortear el tráfico del viernes por la noche, sin tomar en cuenta al enemigo silencioso, traicionero y ruin que es el programa “Conduce sin Alcohol” que implementa todos los fines de semana el Gobierno del D.F.,  conocido y temido en el mundo nocturno bajo el apelativo de: Alcoholímetro.

De manera intempestiva, el tránsito se detuvo y es que, al frente de todos los vehículos que circulábamos sobre dicha avenida, se colocaban botes reflejantes para contener el flujo vehicular. Policías, operadores de grúa, médicos, enfermeras, algún periodista gráfico, todos conformando un dispositivo que aparentaba la aprehensión de uno de los muchos capos de la droga de nuestro país.

Las torretas a toda marcha, reflectores como esos que iluminan los estadios de futbol, varios policías que alumbran al estilo de los veladores el rostro de cada conductor que pasa frente a ellos, un tipo en bata médica que parece más un recolector de residuos químicos que un médico. Se efectúan dos o tres preguntas en un tono enfadosamente amable y finalmente una cátedra improvisada sobre las capacidades del aparato que ha de determinar si uno debe o no, pasar las siguientes horas en prisión.

Haciendo gala de higiene, se presentan los instrumentos debidamente nuevos y en su empaque original y ahora sí “usted va a soplar aquí, como si estuviera inflando un globo… por favor no deje de hacerlo hasta que yo le indique”. Una vez efectuado este procedimiento, es posible observar la pantalla que va a arrojar el resultado final. En una escala que según rumores va desde el 0.0 y hasta el 1.0, el límite permitido termina en el 0.4 y a partir de ese punto, ya es caso perdido. Es un hecho que se invertirán las próximas horas bajo arresto.

En esta ocasión, efectuada la prueba, el resultado arrojado es de 0.54. “pásele de este lado por favor, vamos a tener que remitirlo, joven”. Si uno cuenta con alguna persona que conduzca el vehículo, correrá con la suerte de que éste no sea llevado al corralón con su correspondiente multa.

Ya dentro de la patrulla, comienza la fiesta… “mira güero, si sacas pa’l chesco nos damos una vuelta para que puedas hablar por teléfono porque ya adentro no te van a dejar”, “no se te ofrece nada, ir al baño, echarte un taco o algo… ahí adentro está más cabrón, ehh”. Finalmente se llega al destino, la agencia del M.P. y ahí mismo, con el juez civil que determinará la sanción definitiva.

Jalones, gritos, mentadas de madre –me imagino que para calmar a la clientela- son el pan de cada instante. Si por casualidad alguno de los remitidos  se atreve a quejarse del trato de criminal que le están propinando, la respuesta es pronta y expedita (no así la impartición de justicia) “¡¡esto no es un premio hijo de la chingada!!” y así transcurren por lo menos dos horas, durante las cuales no te explican absolutamente nada.

Como en las películas de Héctor Suárez, o cualquier otra de la basta y lujosa cinematografía nacional, todas las pertenencias del “detenido” quedan bajo custodia de algún activo de la Secretaría de Seguridad Pública. “Vas a poner todo lo que traigas de valor aquí en esta bolsa de aquí (sic), para que no vayas a dar tentación porque allá abajo (se refiere a las galeras) se va a poner más pinche feo”. Lo extraño de momento, es que cuando alguien intenta entregar su cartera… no la aceptan. “esa guárdatela güero, esa no se queda aquí”. También como en las películas, agujetas, cinturones y cualquier otro objeto que pueda coadyuvar en el estrangulamiento propio o ajeno, son retenidos por algún policía.

Una vez satisfecho ese filtro, hay que volver con el médico para que éste determine el grado de ebriedad en el que se encuentra el “detenido”. “Pásele por aquí”, “hágame el cuatro”, “¿cuántas se tomó?”, son solamente algunas de las sofisticadas pruebas con las que este individuo vestido con una bata que lejos de parecer médica, parece de carnicero, determina cuán ebrio viene el “detenido”. Pero antes, la prueba estelar “sóplele aquí… ¡pero con ganas!”, dice el supuesto médico mientras sostiene con su mano derecha una radiografía que ha perdido hasta el color y que trata de formar un cono pegado con masking tape y forrada con una hoja reciclada que originalmente pertenecía al menú probablemente de la fonda más cercana.

“Usted viene en estado de ebriedad, no solamente con aliento alcohólico. Le voy a asignar un tiempo de recuperación de seis horas y al término de éstas horas usted va a poder rendir su declaración.” Parece que no es muy posible, pero al momento de salir del consultorio médico, se acerca un amable gestor que ofrece sus servicios para tramitar un amparo (algunas personas los refieren como coyotes, pues ciertamente no tienen un aspecto similar al de algún abogado) a cambio de la módica cantidad de 6 mil pesos, cifra que irá disminuyendo con el paso de las horas.

“Ahora sí vas pa’ dentro güero”, “nada más una última revisión no vaya a ser que traigas maldad”, en este punto, hay que hacer una aclaración, en ningún momento se le explica al “detenido” ¿qué está pasando? ¿Cuál es el procedimiento? ¿Qué va a ocurrir? ¿A dónde lo van a llevar? Y mucho menos se le permite llamar por teléfono, ni recibir ningún objeto de ninguna índole de familiares ni amigos.

“Agárrate una cama de una vez porque al rato se va a poner muy cabrón aquí adentro pinche güero”. Es una habitación con cuatro planchas de cemento, parecido a dos literas. Hay una perforación en el piso al costado derecho de la puerta, que alberga todo tipo de insectos: moscas, mosquitos, cucarachas, chinches y las respectivas larvas de todas las especies mencionadas; es el baño. La luz no existe al interior de la denominada galera pero a través de las rejas de la puerta, entra la luz proveniente del pasillo, tampoco es un lujo, es un neón que parpadea a un ritmo hipnótico pero que al menos te permite ver dónde pisas, sobre todo si se hace necesario ir al baño.

Cuando ya han pasado casi tres horas desde la detención inicial, por fin, el “detenido” comienza a cumplir con sus horas de arresto, el tiempo que ha transcurrido hasta este punto, no se toma en consideración para la purga de la “condena”.

“¡Ahí va el segundo! Na’más no le vayas a dar de besos porque lo ves flaquito pinche güero…” y entonces comienza el desfile, de empresarios a obreros, pasando por comerciantes y estudiantes, todos con la misma queja: “¡ese pinche aparato no sirve para ni madres!”.

Al poco rato, ya se acomodaron más o menos 22 detenidos. Acomodados como en cualquier vagón del metro, prácticamente uno sobre otro. Para moverse, como en un rompecabezas, hay que mover una pieza para acomodar otra.

“¿Nadie trae un cigarro?” –pregunta un joven de unos 19 años que ha pasado varias horas llorando- y es aquí donde la experiencia se hace presente. “Deja le digo al pendejo este” –es la respuesta de un señor de más o menos 50 años y se refiere al policía…-



Pronto se llega a un acuerdo, cien pesos una cajetilla de cigarros Delicados y va subiendo… tacos, refrescos, teléfono celular, agua, cobijas y chamarras, lo que usted guste… y sí, te pueden servir una copa del licor más corriente, “de a cien varos el chingadazo”. Los que se animan hacen la transacción y los policías de guardia hacen su agosto. Este es el motivo por el cual no reciben tu cartera al momento de entregar tus pertenencias. Con el ánimo descarado y manifiesto de violar la ley.

Entre copas, risas y la conversación obligada por la pregunta “¿cómo te agarraron a ti?”, transcurren las horas. Entonces sí, a declarar. Te explican lo que ya has intuido, firmas y de regreso tras las rejas.

Aproximadamente a las 6 de la mañana. El grupo que no fue seducido por el famoso amparo, es trasladado al Torito. El Centro de Detención para Sanciones Administrativas. Boca abajo en la batea de una patrulla de tipo pick up, amedrentados para no quejarse del trato y con la terapia de que “no se trata de un premio, pinche borracho”, “si te quejas, vas a ver cómo te chingo para que te den más horas encerrado”.

Ya en el Torito, la revisión es tan deficiente al entrar, que se puede llegar armado hasta las celdas. Te forman horas y horas para que no te sea posible dormir, pero nunca se preocupan por revisar verdaderamente si entre tus ropas o en los bolsillos, transportas armas o droga. Por miedo, algunos esconden y abandonan navajas, picahielos y droga entre las cobijas que amontonan en las celdas. Porque tampoco te dan una cobija para resguardarte del frío. Las tienen encerradas y lejos del alcance de los detenidos.

Las horas pasan de a poco y las condiciones del baño, son peores que en cualquier película de terror. Si bien es una sanción, existen parámetros de humanidad e higiene, incluso para este tipo de centros. Gritos, ofensas y humillaciones por parte del personal de vigilancia se viven palmo a palmo.

El flamante operativo del GDF es una cadena interminable de irregularidades, violaciones a los derechos humanos, corrupción y humillación.

¿Qué hace falta para que se tomen cartas en el asunto?

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